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Presidente de AFM Cluster
Que el mundo es un escenario cambiante, arriesgado y convulso es un hecho, aunque no precisamente una novedad. Ya lo decía Marco Aurelio en el siglo II a.C.: «El arte de vivir se asemeja más a la lucha que a la danza». Es precisamente lo que añade interés a nuestra existencia y lo que nos hace pelear por metas que al pensarlas parecen lejanas y a veces incluso inalcanzables.
Una vez establecido que el cambio, quizás el riesgo, y hasta la convulsión son buenos en ciertas dosis o al menos pueden interpretarse como viento a favor, me va a ser más fácil salir de la espiral negativa que últimamente lo envuelve todo. Es cierto que todo va más rápido que nunca, o tan rápido como siempre, y que hay que tomar decisiones veloces con altísimos niveles de incertidumbre, pero eso no es necesariamente malo.
Los europeos asistimos perplejos a una sucesión de eventos que, por mucho que sean imprevisibles, no dejan de ser bastante viejos. Una crisis financiera (ha habido algunas), una pandemia (se recuerdan bastantes), dos conflictos bélicos (por desgracia han sido abundantes), y ahora una loca guerra comercial.
En esto último, por no perder la línea argumental, quiero pasar rápido, aunque no sin mencionarlas, sobre las tremendas afirmaciones, propuestas y acciones de las que estamos siendo testigos. Tomaré como muestra, sólo por estrambótica y entristecedora, la imagen del hombre más rico del mundo abandonando las habituales acciones filantrópicas que suelen caracterizar a los de su clase, recortando ayudas y apoyo social, mientras se calza un ridículo queso en la cabeza, o blande una motosierra. Lo nunca visto.
Nos enfrentamos así a una guerra comercial quizás chapucera y seguramente sin precedentes, cuyos motivos son otros a los expresados, y en la que los pretendidos culpables, no existen. Cualquier estudiante de primero de economía sabe que el déficit no es consecuencia de las políticas comerciales, sino básicamente de la diferencia entre lo que un país gasta y su renta (lo que produce o ingresa). Si esta partida tuviera cuatro posibles desenlaces: «yo gano, tú ganas», «yo gano, tú pierdes», «yo pierdo, tú ganas», o «yo pierdo y tu pierdes», me temo que se está apostando fuerte al último de ellos.
Pero volvamos al hilo. Sí, es cierto, en poco tiempo se han repetido diversos eventos que, por viejos y conocidos, no son menos devastadores y destructivos. Pero pensemos en cómo los hemos ido superando, y lo que hemos aprendido. En momentos de máxima dificultad, Europa ha trabajado unida, creando instrumentos para apoyar a los países, las empresas y las personas. Volvemos al mismo escenario, y esto es lo que debemos seguir haciendo. Si no nos hacemos fuertes juntos, si no agregamos presupuestos, tecnología y capacidades, la amenaza a la que nos enfrentamos es formidable.
Más Europa significa olvidar los estados nación del siglo XIX de una vez, y remar juntos por objetivos comunes renunciando a las ambiciones individuales de los países, que sólo dividen y que tanto nos debilitan ante las otras superpotencias.
Debemos de crear estrategias de defensa común, de fortalecimiento de nuestras industrias insignia (automoción, aeronáutica, energía, ferrocarril, etc.), de recuperación, relanzamiento e impulso de las nuevas y pujantes industrias y servicios (microelectrónica, semiconductores, robótica, comunicaciones avanzadas, IA, computación cuántica, servicios de datos y plataformas en línea, entre otros). Y para ello, debemos de contar con los instrumentos financieros comunes que permitan acometer a lo largo de las 3 próximas décadas todas las inversiones necesarias para competir para volver a ser la vanguardia del mundo.
¿Y es eso posible con competidores como China, USA o India? Por supuesto que sí. Para ello, las empresas y los países necesitan las normas y las condiciones de mercado que, respetando nuestros valores y principios, nos permitan ser competitivos en la selva que está creciendo a nuestro alrededor. Y estoy seguro de ello, porque tengo la certeza de que Europa, a pesar de todo, ha conseguido algo realmente singular: crear la única sociedad verdaderamente libre, igualitaria, solidaria y también sostenible de la historia. No quiero que nos parezcamos a los que compiten con nosotros, quiero seguir siendo lo que somos, pero mucho más fuertes y presentes en el mundo. Quiero que volvamos a ser la referencia. Nos hemos dado cuenta, ya hemos abierto bien los ojos, es el despertar de Europa.
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