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Presidenta del Colegio Vasco de Economistas Vicepresidenta del Consejo General Economistas
Hay una paradoja que recorre en silencio las economías avanzadas: invierten más que nunca, y sin embargo la productividad no responde. La OCDE lo documenta con precisión y sin complacencia en su Compendium of Productivity Indicators 2025. El problema no es la cantidad de recursos. Es la capacidad de convertirlos en resultados reales para las organizaciones, para los mercados y para las personas que los integran.
Euskadi no es ajena a esa paradoja. Es, de hecho, un territorio singularmente bien situado para entenderla y para resolverla. Su modelo económico -construido sobre una industria arraigada, un tejido cooperativo denso y una articulación estrecha entre universidad, empresa y administración- ha demostrado resiliencia frente a crisis sucesivas. Pero ese mismo modelo necesita ahora una revisión honesta, porque el entorno ha cambiado de forma estructural y lo que funcionó como ventaja acumulada no basta como garantía de futuro.
El marco europeo lo hace más urgente. Los informes Draghi y Letta señalaron con claridad que Europa necesita recuperar competitividad, reindustrializarse con criterio y construir una autonomía estratégica que no sacrifique la cohesión social. El Industrial Accelerator Act que impulsa ahora la Comisión Europea va en esa misma dirección: reforzar la base productiva del continente, reducir dependencias estratégicas y orientar la inversión pública hacia sectores industriales clave. Para Euskadi, con su posición en automoción, energía y manufactura avanzada, esta agenda va mucho más allá de una referencia externa. Es una oportunidad de posicionamiento.
Aprovecharla exige, sin embargo, resolver primero la paradoja de la que partíamos. Modernizar procesos e integrar tecnología digital son condiciones necesarias, pero no suficientes. La verdadera palanca es la capacidad de transformar esa inversión en resultados: en organizaciones más ágiles, en profesionales con competencias reales y actualizadas, en modelos de negocio que combinen eficiencia con propósito. Eso es lo que distingue a las economías que lideran de las que simplemente invierten.
El talento ocupa el centro de esa transformación, no como recurso que se gestiona, sino como infraestructura que se construye. Y construirla exige coherencia entre políticas: una fiscalidad que incentive la inversión sin renunciar a la justicia distributiva, acceso a vivienda asequible que haga del territorio un lugar donde el talento quiera quedarse, y una apuesta sostenida por la formación continua como imperativo económico y social. El Future of Jobs Report 2025 del World Economic Forum lo confirma: el 39% de las competencias clave habrán cambiado antes de 2030. Sin esa coherencia entre agendas, la reindustrialización se queda en intención.
En este contexto, el papel del economista adquiere una dimensión que va más allá del análisis. Las organizaciones -públicas y privadas- necesitan hoy algo más que datos: necesitan criterio para interpretar un entorno volátil, capacidad para anticipar riesgos y visión para construir estrategias sostenibles en el tiempo. El asesoramiento económico de calidad no es un servicio de apoyo. Es parte de la arquitectura de decisión de cualquier organización que quiera operar con inteligencia en este momento.
Desde el Colegio Vasco de Economistas asumimos esa responsabilidad con claridad. No como observadores del proceso, sino como parte activa de él: aportando rigor analítico, visión integradora y un compromiso firme con un modelo de desarrollo que llegue a todas las personas. Porque la economía que Euskadi necesita construir no se mide solo en cifras de crecimiento. Se mide en si ese crecimiento llega a todas las personas y en la calidad de las decisiones que tomamos hoy para que así sea.
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